Autobiografía de un ser incomprendido

Era una habitación de grandes ventanas, con vidrios cuadrados colocados como si fueran una escalera de marcos rojos. En medio de la habitación casi desnuda que dormía en el rocío de los laureles matutinos, ahí estaba yo. Lo recuerdo bien. Y abrí los ojos, parpadeé varias veces. Por fin había nacido.

El reloj corrió. En tierras desconocidas y ajenas me encontraba. Dando la espalda a la memoria trazada de un estacionamiento creado en negro. Lo sé porque había una “E” de dimensiones desorbitadas para un niño de esa edad. Ipso facto, mi vista se posaba en un coche tratando de descansar entre otros dos. La acción era más borrosa ya que mis ojos apenas si podían mantenerse abiertos. Hacía mucho calor. Pasaban otras cosas a mi alrededor, pero no prestaba atención. Tal vez era gente corriendo o eran insectos luchando por un motivo en común.

Como fuera, sus ruidos exasperantes se convirtieron en un silencio conciliador. En una tarde tan pacífica que la tranquilidad terminaba por imprimirle un aire tenebroso, la cual se volvía más espeluznante cuando le añadías la imagen de un cuarto de lavado al aire libre. Parecía una película de terror. Si caminabas al lado del pasillo opuesto a la caldera, te encontrabas pegados a la pared unos escalones con ventana al cielo. Sólo a una parte de él.

Más al fondo se erguía un baño de puertas corredizas. Tan antiguo que tenía patrones de los años ochenta impregnados en un naranja sepia. Dentro las paredes hablaban entre ellas. Veían cosas, pero sólo susurraban. Ninguna se interpuso en el camino de los hechos ocurridos que terminaron desencadenando en:

La cama de otra habitación. Una más oscura, de mayor edad. Las sábanas me cubrían hasta los tobillos. Hundía mi cabeza entre las almohadas y los remolinos de perfecta creación. Pasaron las horas, los días, y yo seguía en la misma posición.

Vinieron las paredes blancas, el tintineo de los aparatos medidores de vida. Todo me envolvió en un nuevo sueño, uno del cual era más difícil despertar. En mi mente rondaba una idea: mi cuerpo tenía intrusos. Huéspedes deshaciendo a su antojo. Yo mismo les di la bienvenida. Me sentía libre. Eran mis acompañantes y yo su aliado. Firmamos un convenio y merodearon sin descanso.

Tiempo después vi la luz. Volví a nacer. Me levanté, tomé unas cuantas cosas, subí a un barco y navegué lejos. Muy lejos. Por las aguas frías olvidé. Lamentablemente los fantasmas volvieron a visitarme. Iban buscándome por doquier.

Me despedí de ellos, hice una fogata y lo quemé todo. Suspiré. Entendí la tranquilidad de mi bienestar. Asimismo pude percatarme del tiempo en cuestión a su volver. Es parte de respirar.

Y ahora me encuentro escribiendo esta prosa, viendo mi reflejo en una pantalla sucia, visualizando el futuro, tratando de recordar y a la vez olvidar.

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

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