BERE LELE

Hubo hace mucho tiempo, cuando las palabras no eran historia, cuando la vida no conocía de formas, aun así hubo en el firmamento la luna nueva y una estrella.

Siendo seres de luz se acariciaban sólo a través de los milenios. Tanto era su anhelo, que su velocidad impactó en el parabrisas de un coche causando un aro de diminutas grietas.

Dos personas tocaron el vidrio roto y de sus huellas emanó descomunal energía, que por oír su corazón les concedió un deseo: las fantasías del ayer y del mañana, probabilidades de una realidad inexistente.

En la cima de un camión subieron una cordillera de montañas. Buscaban la pasión, la brisa, el semblante de la arena, el aroma a las plantas. No era indispensable expresar, se sentían cómodos en silencio porque estaban juntos. Conscientes de su suerte, accedieron a un juramento antes de ver los primeros rayos de sol, que sería cuando el último grano de arena sucumbiría al capricho del destino.

Existirían como un árbol y una mariposa. Terminarían nueve vidas y en la décima, el capullo cumpliría su metamorfosis. Desplegaría sus pequeñas alas contra inviernos, buscando el árbol más alto y joven de todos. Al segundo día lo encontraría para polinizarlo. Sin desear otro viaje, sus alas perderían color y lentamente desvanecerían en su corteza. El árbol no sería capaz más que otorgar protección a sus planes.

Quizá cuando el árbol se tornara marrón y otros miles de milenios sucedieran, sus esperanzas resucitarían en un pueblo donde los vientos soplaran al sur, sobre labios de lenguas indígenas.

Cuando la historia adquirió forma, se supo que un escrito tenía dedicatoria; guardado en el anonimato; para todas las personas que pudieron ser y flotaron en una albufera de ilusiones; para todas las almas que encontraron paz y luego la perdieron; para todos los soñadores:

Un viejo descubrió a un alcaraván, un bere lele llevó. Lo metió en una jaula dejando siempre la puerta abierta. Sin olvidarse ni un día lo alimentaba. Sentándose en su mecedora lo veía crecer. En agradecimiento, el bere lele mitigaba su soledad. Un día el viejo salió al patio de su casa, buscó en la jaula y sonrió a través de dos lágrimas que borraban sus mejillas.

Para todos los soñadores, ahí va su bere lele, cargando en sus alas la nostalgia, volando hacia el sol, cantando las melodías del mundo para poder regresar al mar; donde una vez fueron felices.

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

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