Designios celestiales

Esta es la historia de un humano que en las mañanas apartaba sus sábanas plastificadas. Se levantaba de su cuarto acartonado, sacudía su cabeza y se desperezaba entregando el polvo al piso de su hogar sin techo. Su consecuente estornudo despertaba a su mejor amigo, quien parpadeaba y con un gran bostezo se estiraba. Recién ponía su día en orden, recogía los escombros con la vista hasta toparse con el humano de baja estatura. Le sonreía buscando cariño en sus pies. Después se despedían de besos húmedos en las mejillas.

Callejones, glorietas y avenidas. El humano pasaba entre coches y personas. Ignoraba los escaparates de ropa y las miradas altivas de los vendedores engalanados en finas ropas. Apresuraba su paso cuando su olfato se inundaba con ricos olores de café. Se detenía a contemplar los restaurantes. Caminaba para recargarse en el vidrio de pasteles, emparedados y confitería. Sus pueriles ojos imaginaban los sabores derritiéndose en su lengua, chorreando en una lluvia de saliva por la comisura de sus labios.

Las personas del local comían hablando al interior de sus gruesas burbujas. Si volteaban, se sentían incómodos por su presencia. Algunos mandaban a traer al gerente. Este salía de inmediato echándolo a gritos intimidantes. Despavorido se guarecía en el hueco negro que crecía en su estómago.

Ese día fue diferente. Reposó y se frotó los brazos en una banqueta desconocida. Los relámpagos iluminaron un escapulario que navegaba entre la basura como un barco de papel en los riachuelos de la calle, estragos de una tormenta. Antes de volar por los desechos de la privilegiada ciudad, el humano jaló el último hilo del escapulario que se aferraba al metal de la alcantarilla.

<<Aparición de nuestra Señora de Guadalupe, Virgen Madre, apiádate de nosotros, tristes almas que buscan cobijo en tus vestiduras>>. Se habían cumplido mil y un noches desde la primera vez que sus labios rezaron. Dentro de sus recuerdos seleccionó palabras que fueron invadidas por las tareas del convento, las cenas en familia y las tazas reconfortantes. La sombra de su calidez flameó en pos de su espalda. Conmovido por las vicisitudes de su viaje, volteó a la sorpresa que escondía en su interior dicha y alegría.

Utilizó delicadeza e ingenio para estirar una mano a hurtadillas en el estante y agarrar dos bollos de la Panadería. Saltando con movimientos bailarines, los guardó en su pantalón. Al querer cruzar la esquina, una violenta fuerza lo tomó de asombro por el brazo. Los bollos cayeron de sus bolsillos y nadaron como migajas en los mismos riachuelos de agua bendita.

Bestias dominan el mundo mediante engaños e irrisión. Su sistema funciona a la perfección. La elocuencia de sus discursos nos entregan ridículas migajas de la enorme porción que vigilan como perros entrenados. Y nosotros compramos sus palabras a precios desorbitados para soñar con el cuento idílico. Pero ni los perros que esperan a sus mejores amigos sin pedir nada a cambio, con la única esperanza de verlos llegar, tienen comportamientos tan despreciables ni gozan del sufrimiento ajeno.

El mundo, nuestro mundo sería distinto si en efecto fuésemos animales. A cambio se nos dio la razón, nuestro talón de aquiles.

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

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