El Intruso

En el interior de una mochila tendida: una toalla, un gameboy, un celular y poco más. A su lado la abandonaba un joven semejante a una manecilla de reloj. A cada vuelta se iba extraviando en las paredes de la recámara.

El crepúsculo descendía como un manto severo en una calle apenas iluminada; rociaba postes de luz y aceras, siempre evitándolo a él. Encontraba fundamento en su propia estancia dentro de la camioneta.

Los caudales de la regadera creaban remolinos junto al desagüe mientras el vapor fluía por la única ventanilla, desesperado por alargar su existencia. Del inminente porvenir, algunas partículas se impregnaron sobre la toalla que suspendía en la esquina de la puerta. El joven no estaba al tanto de lo acaecido. Su cuerpo permanecía seco, impaciente por el contacto con el agua.

Brazada al aire, cabeza erguida. Sus manos volvían a romper en la superficie y el alivio se interiorizaba. Mediante largos periodos de tiempo se le había olvidado que el diminuto oleaje tras sus articulaciones era su único refugio; como si estuviera flotando, como si el mundo durmiera a sus pies, sumergido en el brillo de los azulejos.

Pero el abismo no demoró en notarse despierto. Tal como era habitual. Durante su búsqueda el joven se armó de valor para visualizar ni media legua enfrente.

Una vez sintió la rotación cambiar su gravedad, la conjetura de varios rostros masculinos penetró su piel, las risas lesionaron sus oídos, los ecos retumbaron en lo profundo de su ser y aunque la llaga permaneció latente, no dejó que ni una lágrima resbalara de sus ojos. Intento reponerse, pero su andar solitario no pudo rechazar el evento. Tampoco a su toalla extraviada.

Los monzones dibujaron su tristeza precipitada concluyendo su duración en retroceso. Con prontitud en el manto de la noche deambulaba. Sólo él concebía otorgarle sentido a sus pensamientos.

Llegó a la casa de su abuela, la saludó, abrió el portón, estacionó la camioneta. Humedeció galletas con formas de animales en un vaso de leche. La mujer de pocos cabellos colocó un revólver grafito en la mesa. Su nieto la observó, alzó la frente, respiró hondo y subió las escaleras de largos peldaños con ella…

Un anillo blanco despejó a la oscuridad para meterlo en una de mayor alcance. Se vio en la necesidad de parpadear. Después agitó la cabeza a fin de obtener reacción; era su abuela al borde de la hamaca. En demasía nerviosa que incluso se percibía en sus poros.

Cortas palabras salieron del cerco de sus dientes cuando el joven descifró lo ocurrido. La puerta de la habitación estaba asegurada. Deseó ficción, pero al ver las expresiones de pánico no cabía ni la menor duda. Se levantó sólo para detenerse varios segundos. Eternos segundos alterados por una advertencia que pendía de un hilo.

Él no se inmutaba, hiperventiló. Su abuela se acercó de tal forma que consiguió divisarlo en el abrigo de sus pupilas. Sustrajo la lámpara de sus manos arrugadas, caminó precavido, abrazo la luz últimamente y procedió a esconderla.

Una orden causó estragos al discernir su pánico arraigado. Buscó su mochila, hizo memoria; la visualizó en la camioneta. Volteó en todas las direcciones posibles. Se lanzó al teléfono y lo descolgó. Sonó el dial, marcó varios números… Su mamá no contestó.

Entonces intentó con el 911. A pesar de la rapidez, algunas respuestas fueron vagas porque no lo escuchaban con claridad. La interferencia entre líneas hizo hincapié en su nula forma de combate y se lo restregaron en el rostro al tiempo que vio a su abuela en absoluta locura: girando en círculos, dándose golpes en la cabeza, rezando.

Apenas comprendió que debía confrontarlo, el brío se instaló en sus ojos. Caminó con su abuela, le habló al oído, la guió con suma delicadeza al baño, procuró que se acomodara. Sin embargo el dilema se mantuvo con creces a la espera de un acto tierno o una bata chorreando. Cuál infortunio enterneció su brío que le dio un beso en la frente y se perdió sobre sus metatarsos.

El revólver rutiló en sus manos. Lo observaba como si fuera su mejor aliado y su némesis por igual. Discrepaban entre miradas inquietas hasta que uno granjeó armonía.

Sus dedos se resbalaban desde que abordaron el metal. El umbral de la puerta se transformó en un largo camino de laberintos, escaleras y lugares recónditos. Prestó sus oídos a la madera, sus latidos fueron en aumento, su respiración se entrecortó…

Cerró los ojos…

Cargó el revólver…

Agarró el picaporte con ímpetu…

Se oyó el sonido de un cañón…

Reflejo fugaz…

Una vida atravesó en silencio la esclerótica que yacía en las figuras del suelo.

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

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