El animal

Cuarto para las doce, la hora de la misteriosa vigilia tuve que bajar las escaleras. Se me había olvidado por completo ingerir las píldoras.

Estando en la cocina tardé en reaccionar. Me alteré al no ser lo suficientemente capaz por recordar el objeto de mis acciones. Al replanteármelo varias veces interrumpidas, la sensación de un concepto sugirió el movimiento de mis manos hacia el estante de arriba. Puse el vaso en el fregadero y esperé a que la sustancia abundara sobre su perfecta circunferencia. En lugar de apresurarme, mi ardua tarea se dirigió con calma. Fue la causa de encontrarme con el animal, giré la cabeza con destino a la ventana y ahí permanecía visible.

Su pelo gris muy parecido a la boira de una ciudad contaminada, se confundía con la negrura del patio trasero al igual que sus infinitos ojos, los cuales se orientaban fijos en mi persona. De ser así, ella sabía algo que yo ignoraba. Nuestros reflejos se fundían en una imagen de valor intrínseco, y enrevesado al pretender olvidar.

Los minutos restantes transcurrieron con la misma agonía de un purgatorio en curso. Las cobijas rodaron en bucle, la almohada se deformó hasta el punto de engañarse irreconocible.

Las píldoras hicieron su efecto al cabo de un largo periodo. O fue el chillido del animal, que a posteriori, rondaba golpeando con sus patas cada uno de los muebles que se cruzaban en su trayecto; Ruidos familiares pasada la medianoche.

Su masticado produjo la sensibilidad de mis dientes penetrando con suma rapidez en la penumbra junto a la boira de su pelaje, misma que cubrió a mi cuerpo entero y me despertó.

La irritación carcomía mis sentidos, las ámpulas crecientes desterraban mi última esperanza de cordura, mientras el prurito se deslizaba a siniestras sobre la angustia de mi piel.

Caminando la volví a escuchar, asediaba la presteza de mis pasos. Su quejido llevó a mis manos en posición trenzada sobre mi cuello. Fue cuando descendía al siguiente escalón.

Sostenía un artilugio erguido frente a una gaveta. Lo elevé a la altura de mi hombro sin perder de vista una de las inquietas ámpulas.

Sin alborotos ni animales, una taza de café con dos de azúcar. Sólo dos, ya que pese a producir el mismo efecto, pierde su esencia al agregar otra pizca. Para almorzar las sobras del día anterior. Busqué en la nevera intentando hallarlas y por sorpresa, estaban en la encimera.

Al llevarme otro de los muchos bocados, el tenedor se resbaló de mis dedos. La caída retardó (por más tiempo del habitual), su colisión en la faz del suelo.

Tan pronto como la porción de hueso vagó por mi estómago, conseguí fantasear (arriesgado a la menor probabilidad) con la que fuera mi expresión. Si hubiera poseído un espejo se descubriría de la siguiente forma: los ojos desorbitados con las venas hinchadas, las fosas nasales dilatadas, los labios torcidos, la sangre avanzando desde mis mejillas hacia mi cabeza, y coagulando en su abismo, el flujo de una aislada curiosidad: “¿quién la silenció ahí?”

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: