Los días de la eterna noche

Las flores presumían su belleza recién cortadas bajo el vibrante sol. Clavelinas, crisantemos, gerberas, margaritas en sus diferentes tonalidades, y de acompañamiento exofilias y solidagos. Todas mostradas a las mujeres que intentaban comprar las mejores y más hermosas para lucir en su tocado. La calle empedrada era la predilecta para las floristas del pueblo, una galería extraordinaria que despertaba cada mañana junto al alargado palacio municipal, transcurriendo bajo el reloj de su columna central, frente a los llamados “Portales”; famosos por ser una cenaduría al aire libre.

Esa mañana, los transeúntes paseaban sobre la mítica calle, en donde lograban ver cómo se desenvolvían las diferentes actividades. Si las mujeres pedían rosas, las floristas se veían en tal labor de quitarles las espinas con un cuchillo. Sólo en unas cuantas ocasiones se clavaban una espina. Si a caso, limpiaban las gotas rojas en la franela ceñida a su mandil o se limpiaban a sí mismas en el periódico que envolvía al ramo.

En los títulos se leía el final de una temporada; Las velas de mayo fueron entregadas al Santo Patrono San Vicente Ferrer y a otros canonizados. En septiembre, dos familias a punto de culminar la tradición, los López y los Pineda. Sus descendientes reñían por coronarse los anfitriones indiscutibles del año. Una pelea ficticia merodeadora entre los habitantes como un secreto a voces, originada desde que se instaló a la guayabera en el código de vestimenta.

Los preparativos de la última fiesta estaban en orden; los obsequios, la bebida alcohólica “chingorolo”, la típica botana; el curado, los cartones de cerveza y la pista de baile en casa del mayordomo. Le fue puesto “Lavada de olla” por ser donde se tenían que lavar todos los trastes que se utilizaban, aunque de ese nombre quedaba poco. Su esencia era un simple reflejo de nuestra sociedad; una que había evolucionado y adaptado sus costumbres para ser distinguidos por su algarabía, por sus sones y los trajes regionales que compartíamos con ciudades aledañas, con toda una región.

Cuando atravesé el piso de piedra negra, salí por uno de los arcos de dicha calle. Seguí caminando por el corazón del pueblo, crucé al otro extremo en busca de unos cantaritos, los cuales encontraría en el mercado. Antes de pasar los primeros locales, me detuve en la esquina porque a mis oídos llegaron unas voces que sonaban como si fueran un río pacífico. Dirigí la mirada al cielo y encontré una fina lámina blanca estructurada regularmente, como si fueran pequeñas bolas de nieve allanadas. Si les hubiera dedicado más atención, tal vez hubiera entendido que ciertamente, las nubes tienen la facultad de auspiciar, las nubes muestran más que sólo figuras. Cargan en su seno la dirección opuesta al sentido común. Sin embargo, a nadie visitaron ni revelaron el acontecimiento de inusitadas magnitudes que azotaría a nuestro pueblo durmiente.

El color del cielo cambió y en consecuecia la humedad habitual. Las nubes entonces permanecieron idénticas, habían detenido su curso en el tiempo, mostrándose inertes y recibiendo mayor importancia respecto a su fondo anaranjado. Era un espectáculo maravilloso. Esa misma tarde, yo era participe de su encanto. El aviso de mi madre me trajo de vuelta. Mi padrastro, entre comillas, se iba de viaje a la capital. Pensé que prefería continuar sentado en las nubes que ir a despedirme. Salté de un brinco al piso de la terraza estirando una mano para tocar las ramas del árbol de pochota que se acercaban azarosas a las ventanas de la casa. Caminé viendo su antiguo sistema mecánico. Llegué hasta la puerta de metal. La empujé con fuerza primero hacia mí, después hacia adentro. Mi disputa con la puerta duró unos segundos y por fin accedí.

Antes de la medianoche, de eso estoy seguro porque vi la pantalla de mi celular, ya me encontraba presto a dormir en el cuarto de los Santos. Mi abuela tenía una imagen de la Virgen de Guadalupe. Antaño le encendía velas, hábito que perdió poco a poco por el desgaste físico que implica toda una vida. Acostado con el cuerpo cubierto entre sábanas ligeras, el reflejo de mi madre se interpuso a la penumbra, me pidió que durmiera con ella. Salimos del cuarto, avanzamos por la sala, nos encorvamos para esquivar la hamaca donde dormía mi abuela, pasamos una televisión que sólo funcionaba de adorno y un mueble de tornamesa, donde mi fallecido abuelo escuchaba música los domingos.

En la recámara principal, hundimos nuestros cuerpos en el colchón. Puse mi celular a un lado. El gato blanco de mi madre, que en un principio era mío, dormía al ras de nuestros pies. Descansábamos en la trivialidad de nuestras palabras. El velo del sueño caía sobre nosotros. Musitamos, apenas dejábamos el mundo terrenal, apenas sentíamos el sosiego de las cómodas almohadas, cuando la base de la cama empezó a hacer fricción con los azulejos amarillos. Mi mente deseaba aferrase al sueño, pero el movimiento traspasó las barreras de la fantasía y persisitió azotando de manera gradual. No hizo falta que despertara a mi madre, me di la vuelta. Ahora buscaba mi juicio, paralizada.

Nuestro instinto floreció cuando sugerí correr. Nos levantamos. En el curso de los hechos, la tierra rugió como el sonido de las trompetas que abren el centro del abismo entregando desolación. Su voz de trueno arremetió contra nosotros, nos sacudió con ímpetu, y a todo lo que sostenía. Nos apoyamos cada uno del marco de la puerta, creíamos la falsa idea de que ahí estaríamos protegidos. Mi vista se disparó al gato que esquivaba con saltos astronómicos los libros, muebles y cualquier objeto. Después, a las bombillas del techo que anunciaban como las estrellas, el fin de su existencia. Un parpadeo bastó para ver a mi abuela atrapada en la hamaca, con la mitad del cuerpo sostenido en la inconsistencia de la superficie. Fuimos incapaces de ayudarla, nuestros esfuerzos pisaban con símil volatilidad.

El estruendo del árbol de pochota, favorecido por una explosión de energías, reventó los vidrios de las ventanas. Se aposentó en mí, penetró el sentimiento que nos arrebata la tranquilidad en situaciones fuera de nuestro alcance, desvelando lo insignificante que somos; mis uñas levantaron un trozo de las astillas del marco, mi respiración igualó en intensidad al desplazamiento vuelto circular; Cerré los ojos.

Dos de mis sentidos me guiaron por los segundos, si no tuvieron a lugar minutos, del agónico retumbe. Parecía que en cualquier instante la casa se derrumbaría sobre nosotros y en seguida, el suelo se partiría en dos para devorarnos y mandarnos a las filas del abismo. Toda la casa rechinaba, todo se caía, las paredes se abrían en conjunción con el repentino clamor de mi madre. La tierra respondió elevando su furia, advirtiendo que no había sido suficiente. Uní mis oraciones al llanto de mi madre, encomendé mi vida a Dios, a la Virgen, a los Santos que conocía. Sentí el calor de unos brazos rodeándome. Así, el espíritu de un hombre escéptico, apegado a la lógica y a la razón, fue doblegado.

Hay horas exactas para describir, pero jamás para narrar el momento en el uno decide entregarse a la muerte. La oscuridad se adueñaba de mi mente embistiendo frenética. Sería insensato contar los minutos porque se prolongaban como las grietas de las paredes, como la caída de los objetos, como el gato esquivando muebles y se deslizaban en el estremecimiento de mi cuerpo. Mi madre me cubrió con sus brazos. Perdí su voz. Mi mente cambió a un estado de conciencia superfluo, lleno de oscuridad. Y sin llegar ni a existir verbo en el interior de sus límites, esperé a que todo terminara.

Pero el sufrimiento acechaba lejos de concluir. La luz llegó a mis ojos y con ella la noche. Cubrió con su terrible capa por doquier ahuyentando nuestras sombras. Mi foco visual tuvo que adaptarse a la oscuridad puesto que era una réplica exacta de lo que hubo en mi mente. Recogí mi celular para alumbrar con su lámpara. Caminé con mis desnudos y frágiles pies en medio de las imágenes que se incrustaban en mis ojos como los recuerdos de una vida remota. Mi madre acudió al bienestar de mi abuela. Las palabras penetraban en mis oídos, pero volvían a salir con rapidez. Mi obtusa exploración por el lugar finalizó con la idea del gato yaciendo sin vida. No quise investigar más.

En nuestro descenso por las escaleras; los tres, mi madre, mi abuela y yo, nos convertimos en otras personas, en las familias de un pueblo entero, en su amor y unidad (resultado del miedo, efecto de un mismo sentimiento), en su dolor, en los cuadros colgados, en las risas de los menores. En el esfuerzo de personas, en puertas atascadas.

Vi en el exterior un cielo diferente. Una Tierra nueva. Vi el polvo que eran como destellos en el ambiente. El aire se convirtió en gas propano; los gritos, la oscuridad, los llantos y el sufrimiento, crearon una paradoja en nuestro mundo. Las nuevas herramientas de comunicación se habían perdido y volvimos a épocas antiguas, donde estábamos obligados a desplazarnos por enormes cantidades de asfalto, si pretendíamos reencontrarnos con nuestros seres queridos. Realizar una actividad continuó sintiéndose como siglos en el tiempo. Los vidrios rotos, los pedazos de ladrillos, la pintura de las paredes, las columnas de las casa hasta sus cimientos, poseían heridas imborrables, eran el nuevo tapiz del suelo. Y en su interior el encierro del día, porque la noche habría de ser eterna.

Los primeros tintes del sol se asentaron sobre nosotros, pero era un sol diferente, pálido. No hubo cantos ni versos. Nos quedamos despiertos bajo las hojas del árbol, compartiendo impresiones, algunas vivencias, el futuro de unos amigos que morarían en la calle y que se percatarían del poco valor material de las cosas, y que para ser felices vivirían en La Costa, pero siempre estando al margen, porque la tierra aún no dormía. De pronto salió una mancha blanca de la jardinera, extrañando la caricia de una mano cálida.

Rumbo a la imaginación, seamos participes de la caída de un gigante. A orillas de nuestro pueblo retiene celoso en su letargo, la edad de oro. Sumidos en la tenebrosidad, a expensas de una revolución quimérica. No temamos a la oscuridad de la noche, aunque la aparición y posterior descomposición del gigante sea un suceso de causas pasadas, son las tempestades. El olor putrefacto permanece contaminando los ríos de nuestro pueblo, la basura se amontona en sus esquinas. La apariencia inhumana se va adhiriendo a sus grietas plasmándose en su decadencia, sufriendo los estragos de Saturno. Ningún Santo, sin importar su índole, ha sido capaz de mantenerlo lejos de su expresión mortuoria y su lengua que derrama sangre.

Vuelve el silencio a los mercados, por las calles aún se escucha el eco de lo que éramos y lo que seremos. Somos las voces de los finados, de los lamentos y las tristezas, deseando ser liberados, aunque el pozo sea profundo y la luz distante. Somos el acto de un valiente, una bandera ondeando sobre los escombros.

Nuestro querido Juchitán continúa esperando a su David y de ser posible, algún día volver a oír los coros de la inmortal Sandunga. 

Crónica que pertenece a una Colección para la revista del INJEO «Palabra Joven»: https://www.flipsnack.com/B976…/revista-palabra-joven.html

Publicado por Jorge Marín

Instrucciones para ser escritor. La ortografía sí importa. Las palabras y el alcohol no van juntos. Aspiraciones a escribir como el Gran Cronopio y morir en el intento. Tema actual: Apropiación cultural. Melodrama es mi obra de arte.

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